Venezuela: La negociación estratégica como respuesta ancestral indígena
El legado ancestral de la resistencia anticolonial indígena empleó la confrontación bélica, la migración y la negociación estratégica en diferentes etapas de la lucha emancipadora. Un análisis aplicado a la realidad actual.

En el contexto de guerra híbrida que estamos confrontando, la coyuntura actual tiene un parecido histórico con otras que ya hemos padecido, situaciones cuya reflexión crítica queremos traer a debate público y popular.
Durante la llamada “conquista europea” (por los españoles, los welseres) de nuestro territorio ancestral, ante la enorme asimetría bélica entonces existente -entre invasores imperialistas y nuestra población autóctona- nuestras ancestras y ancestros indígenas optaron por resistirla, mediante al menos tres respuestas diferentes. La primera respuesta, fue la confrontación bélica directa contra los invasores; la segunda, la “huida” o migración hacia zonas desconocidas e inaccesibles a los europeos; y la tercera, la negociación estratégica con los imperialistas. Expondremos aquí las implicaciones que tuvo cada una entonces, y qué interrogantes podrían tener las mismas acciones, en la coyuntura venezolana actual.
En relación con la primera respuesta, quienes han investigado estos procesos, señalan que la resistencia armada indígena tuvo varios periodos (1499-1527, 1528-1548, 1549-1600) y diversas ubicaciones focales en nuestro ancestral territorio (Rosas, 2015). Aunque algunos historiadores sitúan los enfrentamientos armados de los Jirajaras—gayones y ayamanes—contra los españoles en la zona centro-occidental (sierra de Coro) desde 1498 y de los Caquetíos en 1499 (en Chichiriviche); otros señalan el enfrentamiento de los Caribes—y otros pueblos en alianza bélica—en la zona centro-oriental (desde el golfo de Paria, la región de Unare, hasta el valle de Caracas) desde 1530.
A pesar de que la lucha indígena contra el invasor fue cruenta y bravía, y con una masiva participación activa de más de diez mil guerreros (siete mil efectivos de combate, cuatro mil arqueros), de distintos pueblos que sobrepasaron sus diferencias para colaborar unidos por un fin común: resistir a los europeos en un frente consolidado (Tapia, 2014), bajo la ”unidad de mando” de Guaicaipuro, Tiuna, Paramaconi, Urimare, Paramacay y otros, que les presentaron combate frontal e incesante por más de cincuenta años a los invasores, y que preferían resistir hasta ser exterminados; los combatientes indígenas no contaban “con la perversidad de los conquistadores” donde “la supremacía de las armas españolas se impuso al esforzado coraje de los indígenas” (Sánchez, 2012 a). No obstante ello, para 1680 los españoles tuvieron que ceder a las condiciones establecidas por los indígenas, pero luego de 150 años de lucha incesante (Tapia, 2014).
Al comparar este devenir histórico con nuestro presente, cabe realizar algunas preguntas con sentido crítico: en este preciso momento, ¿tenemos la “unidad de mando” (cívico-popular-militar-policial) necesaria, para confrontar con éxito a un adversario, desde una asimetría bélica ya probada en el terreno?; ¿existe un líder, lideresa o liderazgo, que la mayoría de la población le tenga una confianza absoluta e incondicional, cuya indudable legitimidad le permita convocarnos y conducirnos inequívocamente a un aceptado “martirio” colectivo liberador, a costa de nuestra aniquilación?; ¿qué sucedería si en el transcurso de tal proceso de confrontación frontal, se “decapita” por completo a dicho liderazgo (como casi ocurrió este año en Irán)?; ¿tenemos suficientes liderazgos creíbles y “amalgamados”, para hacer una “sustitución” sucesiva del mismo, de darse tal circunstancia?.
Y conforme a la descripción histórica precedente, de ser el caso, ¿podemos conseguir el éxito bélico en forma inmediata?, ¿tenemos la suficiente formación política y organizativa—o una voluntad popular generalizada—para una resistencia prolongada que puede conllevar muchas décadas (como en el ejemplo, de 150 años)?. Y en cualquier caso, quienes convoquen al pueblo venezolano en su totalidad, a ese voluntario “martirio” colectivo, ¿son capaces de asumir públicamente la responsabilidad—no por su posible propio (personal) aniquilamiento sino—por el exterminio de un número indeterminable de la población—incluso no combatiente—. En este sentido, cabe recordar que en la “Guerra de Independencia” hubo una merma de entre 25-50% de la población.
Con esta reflexión, no pretendemos en modo alguno justificar anticipadamente ninguna forma de “rendición”, sino de reflexionar “con mente fría” (como nos lo señalaron Hugo Chávez y Nicolás Maduro), acerca de las reales probabilidades de una victoria táctica en una lucha justa. Aquí conviene recordar una idea, y luego, una práctica concreta. Una vez escuché de un revolucionario la siguiente idea: “señalar alegremente los objetivos de la lucha (finalidad), sin señalar las formas concretas de poder realizarla (métodos), es un enorme acto de irresponsabilidad histórica” (mis camaradas dialécticos dirían: examinar que estén dadas “las condiciones materiales y objetivas”).

Y la práctica respecto a lo de la “rendición”, nos la dio el propio comandante Hugo Chávez en dos oportunidades distintas: frente a la alternativa de la “inmolación” (o el “martirio”), tanto el 4 de febrero de 1992, como el 11 de abril de 2002, nuestro líder se entregó, a fin de evitar la muerte innecesaria de personas inocentes (incluso de militares en combate). Nadie podría jamás afirmar que entonces el comandante actúo así por “cobardía”, sino que -por el contrario- los hechos posteriores demostraron que el comandante entonces actuó con una comprobada claridad acerca del carácter de dichas coyunturas críticas, con enorme visión estratégica respecto a lo que se debía hacer, y con una indudable confianza en su pueblo (cívico y militar).
Volviendo a nuestro planteamiento inicial, la segunda respuesta emanada de nuestra resistencia ancestral, fue la “huida” o migración. Respecto a las razones de las mismas, ya iniciada la invasión imperialista en nuestras tierras en 1498, ya Bartolomé de Las Casas señalaba en 1552, que la migración ocurría: “porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y subía a las sierras, huyendo de hombres tan inhumanos, tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del linaje humano” (Sánchez, 2012b).
Como estrategia de resistencia y autopreservación, los Caribe que habitaban originariamente en islas y costas, se vieron forzados a internarse en zonas más seguras, de más difícil acceso, para escapar de los desalmados invasores (Sánchez, 2012a). Algunos pueblos autóctonos—como el comandado por el cacique Manaure—migraron hacia el sur, internándose en los Llanos, cosa que también hicieron los pueblos Chaima y Cuaca en la década de 1680 (Rosas, 2015; Tiapa, 2008), lugares en los cuales posteriormente se crearon nuevos “focos de resistencia”, donde las alianzas bélicas se reavivaron con mayor fuerza.
Respecto a este asunto de la “huida”, cabe también recordar que 134 años después de esta última migración, después de la derrota militar en la segunda “Batalla de La Puerta”, ocurrió la historiográficamente denominada “emigración a Oriente”, movilización masiva de una población cerca de 20.000 habitantes (aproximadamente la mitad de los entonces habitantes de Caracas, y un 2,5% del total nacional), por decisión del general Simón Bolívar, para salvar a la población civil y para reagrupar a las fuerzas patriotas. Cabe mencionar que en el trayecto a Oriente ocurrió el fallecimiento de un 60% de los migrantes. No debemos obviar en esto de las “huidas” toda la memoria colectiva afrovenezolana acerca de los cumbes, cimarroneras, palenques o quilombos, con todo lo que ello significó como resistencia efectiva a los imperialistas.
Retomando la argumentación previamente expuesta, nadie podría afirmar jamás que “El Libertador” actúo así por “cobardía”, sino que—por el contrario—lo hizo por el alto interés de la Patria: en el “Manifiesto de Carúpano” (1814), Bolívar expresa sus razones: “vuestras ciudades son el Teatro de la Guerra; vuestros campos están yermos; vuestras propiedades destruidas; pero vosotros vivís, y la vida es todo; la Patria se conserva con la existencia de sus hijos”.
Realizando de nuevo una comparación con nuestra coyuntura actual, realizamos las siguientes interrogantes con orientación crítica: nuestra ancestralidad indígena migró entonces a zonas inaccesibles de nuestro territorio, pero hoy día, en caso de una ataque masivo exterminador de parte de nuestro invasor, ¿a dónde huiría nuestra población?; ¿estamos hoy día fortalecidos—política, institucional y socialmente—y suficientemente preparados (material y psicológicamente) para asumir conscientemente las consecuencias de una “huida” masiva de esta naturaleza?, hoy día ¿existen territorios “inaccesibles” a las “nuevas tecnologías” bélicas?. De ser el caso, ¿en dichos lugares se pueden tener (o generar) condiciones para “focos de resistencia” prolongados?; ¿existe actualmente un liderazgo “fuera de todo cuestionamiento”, que pueda evitar, controlar o siquiera minimizar, la posible situación “caótica” que una emigración masiva puede llegar a generar?; ¿la población que eventualmente se viera sometida a tal “catástrofe humanitaria” estaría ganada para “luchar decididamente” a favor de nuestra causa, por justa que está sea?; ¿tenemos en este preciso momento, este alto nivel de conciencia política, de fortaleza popular y de fusión estratégica?.

Lo que deseamos con estas interrogantes, es “poner sobre la mesa” la discusión acerca de las condiciones necesarias para la preservación de la Patria y del proceso revolucionario, en un contexto de guerra multiforme que se acrecienta exponencialmente desde el 3 de enero, y que nos obliga a un pensar propio, dialéctico, complejo, multilateral, que considere todas las aristas, y que no se quedé en el cómodo y superficial cuestionamiento burgués del accionar del binomio Estado/ Gobierno, sin considerar las estructuras, procesos y relaciones—multinivel—involucradas, sobre todo a nivel geopolítico, así como la pertinencia y oportunidad tácticas de las necesarias críticas, identificando—sin confusión alguna—al verdadero enemigo.
Regresando a nuestro punto de partida, por último, y como tercera respuesta de nuestras ancestralidades, tenemos la “negociación” estratégica con el invasor imperial. En este sentido, la historiografía nos señala que, en ciertos casos, en medio de una confrontación bélica, ante la imposibilidad de ambos contendientes de vencer en forma definitiva a la parte contraria, se vieron en la necesidad estratégica de entrar en negociaciones. Efectivamente, una respuesta que varios pueblos originarios dieron ante el avance de las fuerzas imperialistas, fue el de “aceptarlos amistosamente”, lo cual no constituye otra cosa que una táctica que muchos caciques—como el mencionado Manaure—utilizaron, al concluir entonces que: “el menor de los males era aliarse a la fuerza invasora”, algo preferible que intentar seguir resistiendo o huyendo, en la cual las pérdidas humanas y materiales serían incalculables (Rosas, 2015).
De esta manera, entre 1498 y 1530 se establecieron relaciones relativamente pacíficas, específicamente de cooperación con los conquistadores, donde la prioridad de éstos era simplemente el provecho material de los “recursos naturales” (Tapia, 2008), sin interesarse para nada—en ese momento—en gobernar a los invadidos. Aquí cabe señalar que -salvando todas las comparaciones- muchos pueblos o “naciones” originarias (wayuu, añú, chaima, kumanagoto, waikerí, píritu, karíña, akawaio) no solamente sobrevivieron al genocidio indígena, al establecer distintos tipos de relaciones no bélicas con los invasores, sino que dicho actuar les ha permitido permanecer hasta la actualidad en las áreas que antiguamente habitaban (o en sus proximidades).
En tales “negociaciones” asimétricas, sin duda que se realizaron cesiones y concesiones “de lado y lado”, con pérdidas insondables de diferente tipo (grado de autonomía, territorialidad, idioma, cultura, espiritualidad, salud, etc.), pero la continuidad física y el “alma colectiva” lograron preservarse. El “costo” de tal negociación fue distinto para cada uno de éstos pueblos, cuestión seguramente guardada en su memoria ancestral, pero ante una asimetría como la experimentada, y un contexto impuesto, el “escoger” entre genocidio o etnocidio siempre fue una decisión definitivamente injusta y cruel, pero cada pueblo decidió lo que garantizó hasta hoy su existencia.
Y volviendo a comparar con nuestra presente coyuntura, nos preguntamos críticamente: ¿la táctica de preservación física y “simbólica” tiene pertinencia y eficacia en el día de hoy?; ¿preservar la existencia de la población—y de los potenciales combatientes—es preferible a convertirlos en “heroicos recuerdos de gestas legendarias” de pueblos físicamente extintos?; ¿es admisible—desde todo punto de vista—ceder tácticamente en aspectos claves, sin sacrificar estratégicamente los fundamentos estructurales y el cuerpo mismo de un proceso sociopolítico?. En tal caso: ¿dónde están los límites de uno (lo táctico) y otro (lo estratégico)?, ¿quién legítimamente puede definirlos y quién no?, ¿quién posee toda la información completa, para “sentenciar” (o decidir) soluciones simples, ante un panorama complejo, dinámico, “gris”, propio de guerras simultáneas?, ¿qué es lo “sacrificable” en aras de la preservación de las bases estructurales (o fundamentos de un proceso)?, y en todo caso, ¿quién tiene—individualmente—el “don de la infalibilidad” en el decir y en el hacer?.
Para ir finalizando estas reflexiones, tenemos honestamente que aclarar, que para todas las interrogantes acá planteadas no creemos que existan respuestas unívocas o definitivas, más sostenemos que una aproximación fidedigna a respuestas legítimas sólo pueden provenir del debate popular, de una comunicación franca en el seno mismo de (la totalidad) del pueblo venezolano, que está padeciendo, resistiendo, innovando e insurgiendo, en medio de esta coyuntura histórica crítica. No obstante, tomamos una posición esperanzadora, al comprobar la vitalidad actual de los pueblos originarios, que -a pesar de agresiones sin cesar, de invasiones cruentas, y de guerras prolongadas libradas contra ellos- siguen existiendo en su mayoría—y varios de los anteriormente mencionados—, en los territorios ancestrales donde siempre estuvieron.
Ello nos impulsa a convocar a la población venezolana toda, a acudir a esas experiencias seculares, a la sabiduría de nuestras ancestras y ancestros—que aún permanece—, a las oralidades y oralituras, a la memoria histórica colectiva, para buscar y obtener respuestas fidedignas, válidas y posibles de (re)crear, para contradecir a este contexto bélico asimétrico, similar al que históricamente experimentaron nuestros pueblos ancestrales. Aquí cabe adicionar, que también nuestras ancestralidades afrovenezolanas tienen mucho que aportarnos en este sentido. Siguiendo aquella premisa legítima de que: “sólo el pueblo salva al pueblo”, la misma es todavía más válida, si se fundamenta en nuestras raíces y ancestralidades liberadoras.
Volviendo a inspirarnos en nuestra historia libertadora, y revisando críticamente el devenir previo de las “negociaciones” con entidades imperialistas, si bien es cierto que los españoles incumplieron en 1812 con la “capitulación” que ellos firmaron con nuestros entonces líderes, permitiendo con ello no sólo el arresto del generalísimo Francisco de Miranda, sino también socavando con ello las primigenias condiciones para la continuidad de nuestra recién proclamada República independiente; no es menos cierto también, que el respeto otorgado por los españoles en 1820 del “Tratado de Armisticio”, no sólo permitió el reconocimiento político del Imperio español a—la autoridad del Gobierno de— la República Grancolombina, sino que también generó las condiciones que permitieron posteriormente definir en el terreno bélico nuestra (primera) Independencia. Ello fue producto de nuestra resistencia prolongada a su agresión.
Creyendo necesario garantizar actualmente la gestación de condiciones semejantes, queremos finalizar con las siguientes preguntas abiertas o problematizadoras: ¿quién tiene la suficiente sapiencia para responder qué y cómo superar la coyuntura crítica actual, que no sea el mismo pueblo, movilizado radicalmente en conciencia histórica y en estrategia profunda?; en tal sentido, “Rondón aún no se ha pronunciado”*.
*La frase “Rondón aún no se ha pronunciado” (o “Rondón no ha peleado todavía”) hace referencia a la Batalla del Pantano de Vargas (25 de julio de 1819) cuando el coronel patriota Juan José Rondón le respondió al Libertador Simón Bolívar, angustiado ante una inminente derrota, que sus lanceros llaneros aún no habían entrado en combate. A lo que Bolívar respondió: “¡Coronel Rondón, salve usted la patria!”. Esta frase se usa popularmente en Venezuela para simbolizar que una persona o pueblo aún no ha demostrado toda su fuerza y capacidades. Es una forma de expresar que la victoria aún es posible.
Fuentes consultadas:
Bolívar, Simón (1814) Manifiesto de Carúpano.
Rosas, Otilia (2015) La población indígena en la provincia de Venezuela.
Sánchez, Simón; Torres, Génesis; Bolívar, Eileen (2012a) Venezuela Indígena. Centro Nacional de Historia.
Sánchez, Simón; Torres, Génesis; Bolívar, Eileen (2012b) Invasión europea y resistencia ante el sistema colonial. Centro Nacional de Historia.
Tiapa, Francisco (2008) Resistencia indígena e identidades fronterizas en la colonización del Oriente de Venezuela, siglos XVI-XVIII.
Tapia, Francisco (2014) Del Caribe al Orinoco. Alianzas y redes indígenas como respuesta al capitalismo colonial.
Source: fcim.over-blog.com

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